Como vengo diciendo últimamente y se me llena la boca cada vez que lo hago, esta temporada he seguido al Sevilla Atlético casi allá donde ha viajado. Incluso otros sevillistas han acumulado más kilómetros a sus espaldas siguiendo a los chavales. Eso sí, donde no me he perdido nada ha sido en la ciudad deportiva, donde el Sevilla Atlético ha estado durante la fase regular, a excepción de contadas ocasiones, arropado no por más de 500 habituales. Esa cifra se ha multiplicado prácticamente por diez en los dos partidos de fase de ascenso, lo que, a grandes rasgos, es una más que magnífica noticia para los intereses del Sevilla Fútbol Club. Pero si usamos la lupa y analizamos más profundamente éste asunto, vemos que, aunque parezca una locura, la cuenta no sale tan positiva como pudiera parecer a grandes rasgos. A lo largo de los últimos años, los fieles a la ciudad deportiva han sido un público amante de la cantera, ansioso de ver los brotes “blanquirrojos” y seguidores incondicionales más allá de los resultados. Nada que ver con el inconformismo lógico que se vive en el Sánchez Pizjuán, exigido por la responsabilidad de un club que aspira a lo máximo. Sin embargo, esa quietud, contagiada por la garra y el buen juego de los chavales durante todo éste año, convirtió la grada de la José Ramón Cisneros en una mucho más animada y reivindicativa, sobre todo con los árbitros.
Por desgracia, como digo, porque ambos grupos son altamente perjudiciales para el club y para su cantera, entre esos 4.500 nuevos inquilinos de la grada durante el playoff, se han colado dos “aficionados tipo” que son dignos de análisis, y que no habían aparecido en ninguno de los partidos matinales. Y empezamos por el más perjudicial para el club. No voy a entrar en grupos de ultras ni nada por el estilo porque cada uno se representa a sí mismo, pero lo peor es que también representa a unos colores que quedaron muy manchados ayer con la actitud de cierto sector de la grada. Si bien ante el Real Unión, la invasión fue parte de la fiesta, lógica en cierto modo por la emoción vivida, lo de ayer fue verdaderamente bochornoso. Aunque creo que el club pierde si le da más publicidad y transparecia a lo ocurrido, lo que sí creo es que no se puede seguir mirando hacia otro lado con cierto sector de la afición, que se escuda una y otra vez en la marabunta para sacar su lado más animal y deleznable. Ayer, la afición del Guadalajara fue apedreada y agredida por algunos “sevillistas” que vieron el partido en la otra punta del terreno de juego. Por suerte, en ninguno de mis múltiples viajes me he visto en esa situación. De modo que me llena de rabia que seamos de los más cafres de España. Reitero que allá cada uno con sus actos, pero si el club es el que más pierde, debe tomar medidas urgentes, sean las que sean.
Paso ahora al otro grupo. Al que extrapola la exigencia en cada pase cada jugador de de la primera plantilla, a un grupo de chavales que empieza en esto y que no sobrepasa los 20 años. Gente que, a tu lado en la grada y tras diez minutos de partido, suelta “de aquí no vale ninguno para el primer equipo” y se queda tan pancho. Gente que cuando marca el Guadalajara se marcha para que no le coja atasco mientras afirma: “con éste entrenador no vamos a ninguna parte”. De lo que más ganas te entran es de convertirte en uno de los del primer grupo que detallo, pero uno opta por callar y resignarse. Gente así, que viste la grada de color pero que desmotiva al equipo, debería quedarse en casa y verlo por televisión, porque como digo, no ayuda en absoluto al crecimiento de su club. Sin embargo, hay que diferenciarlos muy bien de los “agresores”, porque al menos no se saltan ninguna regla legal en lo que hacen, aunque creo que sí muchas morales. Como ya he dicho en algún otro post, quizás sea exagerado, pero preferiría una grada que no estuviera llena, y sin gente que abuchea a los suyos ni que se pasa de la raya con los ánimos. Es sólo una opinión, pues no siempre lo que parece mejor, sale rentable.






