Quizás Antonio Álvarez no sea ese entrenador que aprieta las tuercas de directiva y secretaría técnica para traer lo que el club necesita por muy altas que sean sus exigencias. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que el de Marchena no es Mourinho, a quien ni el Real Madrid de Florentino le ha traído absolutamente todo lo que ha pedido por esa boquita. Ahora bien, no negaremos que el actual entrenador de la primera plantilla sevillista ha sabido dejar claro qué es lo que no le gustaba de la plantilla y ha forzado hasta conseguir quedarse sólo con lo productivo, o si atendemos a los últimos minutos del plazo de fichajes, casi con lo único. Para empezar hizo algo que no muchos entrenadores se han atrevido a hacer en el Sevilla en los últimos tiempos. Una vez comprobado en Costa Ballena lo que ya venía barruntando desde que cogió el equipo, confirmó que no le valían Chevantón, Duscher ni Tom de Mul, a los que sin malas caras pero con franqueza envió a entrenarse con el Sevilla Atlético para no perjudicar el trabajo del colectivo con el que sí contaba.
Y lo hizo, al contrario que otros entrenadores que esperan hasta el último momento, con tiempo más que de sobra para permitir a los tres que buscaran un mejor futuro como profesionales, algo que impide que ninguno tenga nada que decir al respecto. Y es que, lógicamente, los tres descartes no eran ni mucho menos un capricho del entrenador sino más bien dos lastres históricos de la plantilla sumados al hombre franquicia del antiguo técnico, cuyas técnicas han caducado en Sevilla. Pero ahí no quedó la cosa, porque Álvarez; discutido o no su arranque de la temporada, estableció otro baremo de jugadores con los que contaría si no había otro remedio, pero cuya salida definitiva o temporal sería todo un alivio para el grupo. Fueron los casos de Crespo, David Prieto, Lolo o Marc Valiente, cuya presencia entre los profesionales de la entidad era un problema para el técnico marchenero. Todos ellos acabaron encontrando destino, porque aunque hablemos de jugadores limitados y que aquí conocemos bien, siempre será mejor recibido en otro club un descarte del Sevilla que uno del Sevilla Atlético, por poner un respetuoso ejemplo.
Incluso, dada la rápida planificación de descartados, a Álvarez le ha dado tiempo de valorar, una vez que se ha jugado con balas de verdad, qué futbolistas estaban capacitados y cuales no para defender el escudo sevillista, en lo que constituía ya un filtrado con poco margen de error. Y claro, cuanto más fuerte se barre más suciedad se recoge, por lo que Ndri Romaric acabó cayendo en esa última cuba de escombros que se dirigía a las afueras de Nervión. Ya lo dejó claro el del banquillo cuando no lo citó ni para la vuelta de la Champions ni para el debut liguero, dando un mensaje inequívoco al presidente de que sobraba otra taquilla en el vestuario. Así las cosas, el Zaragoza se erigió como salvador en las últimas horas del plazo de fichajes, en lo que no tardó en convertirse en una de las operaciones más ilusionantes del verano para los sevillistas. El eterno arrepentido marchaba con dirección a Zaragoza y a gastos pagados aunque sin opción de compra. Gran disgusto el que me llevé sobre la bocina cuando se confirmaba la ruptura de las negociaciones, porque ya ha tenido que ser grande el agravio económico para no compensarse con la mejora deportiva que suponía la operación.
Lo que hay no es para ganar la liga, pero al menos lo que no hay es lo que no tenía que estar desde hace ya tiempo. El club ha perdido bastante dinero este verano dejando salir a varios jugadores a coste cero, pero no olvidemos que lo que ha llegado ha sido aún más barato de lo que se ha tenido que ir por obligación. Habrá que ver ahora si Antonio Álvarez es capaz de sacarle partido a los jugadores en los que sí cree, porque sólo Romaric tiene asiento fijo en la grada de preferencia. Al menos, de momento.






