Soy un sevillista afortunado que he visto levantar copas a mi equipo en Eindhoven, Glasgow, Mónaco y Madrid. Ya de por sí, eso es algo que no puede decir el aficionado medio español. La UEFA, ahora Europa Legue, tiene su encanto y es un orgullo ganarla, más si cabe por dos veces. Sin embargo, todo lo que engloba a la Copa de Europa la hace especial e insuperable. El equipo que llega a las rondas finales de la Europa League puede tener un año bueno y algo de suerte. Puede ser. Ahora bien, el equipo que llega a los cuartos de final de la Copa de Europa tiene que tener algo especial. En esta competición no hay lugar a las coincidencias.
Por ello, el Sevilla tiene esta noche una oportunidad casi única de ponerse en la primera fila del fútbol continental. Queda ya muy lejos aquel Sevilla de 1958 con Maraver, Valero, Ruiz Sosa, Pahuet o Arza. Hasta hoy, ha sido el único capaz de plantarse entre los ocho mejores de Europa. En ese escalón nos arrasó el Real Madrid de Di Estéfano que renovó su título del año anterior. Era la época del Nervión en blanco y negro. Hasta hace unos años, la más gloriosa de nuestra historia. Hoy es un día para seguir ratificando que los días de oro del club pertenecen al siglo XXI. Posiblemente con el entrenador más criticado de la última época, puede prolongarse la mejor etapa del club en sus casi 105 años. Signo de grandeza y puntapié al conformismo, aunque muchos no lo quieran ver.
Esta noche no valen más excusas. No quiero que después de este post venga una crónica con lamentos y detalles de una oportunidad de nuevo desaprovechada. Quiero a mi equipo en cuartos, si puede ser jugando valiente y yendo a por el partido. Pero quiero a mi equipo en cuartos. A partir de ahí, ya sólo se podrá exigir al equipo en Liga, que no es poca cosa.






